viernes, 27 de mayo de 2016

En defensa de los ociosos

Para reflexionar durante el finde, unas cuantas citas extraídas de un libro fantástico que me regaló Gonzalo hace unos días, En defensa de los ociosos, de Robert Louis Stevenson. Escrito en 1877, pero muy actual, ¿verdad?

Resulta irritante haber trabajado duramente escalando arduas colinas y, una vez alcanzadas, encontrar que a la humanidad le son indiferentes tus logros. De ahí que los físicos condenen lo inmaterial, los financieros apenas toleren a aquellos que saben poco de acciones, los literatos desprecien a los iletrados y la gente con un oficio se una para desacreditar a los que carecen de alguno.  
Los libros son, a su manera, beneficiosos, pero no dejan de ser un pálido sustituto de la vida.  
Existe una suerte de muertos en vida, de gentes grises, apenas conscientes de estar viviendo de no ser por el ejercicio de alguna ocupación convencional. Dejad a estos hombres en medio del campo y subidlos a bordo de un barco y veréis cómo añoran su escritorio y su despacho.  
Una devoción inquebrantable a eso que un hombre llama su trabajo sólo es sostenible mediante un abandono continuo de muchas otras cosas. 
Haciendo una estimación imparcial, se vería claramente que muchos de los papeles más sabios, virtuosos y beneficiosos que se representan en el Teatro de la Vida son interpretados por actores gratuitos y pasan ante los ojos de todo el mundo como estadios de ociosidad. Porque, en este Teatro, no sólo los caballeros danzantes, las doncellas cantarinas y los diligentes violinistas de la orquesta, sino también aquellos que miran y aplauden desde las butacas, desempeñan realmente un papel y cumplen tareas importantes respecto al resultado final.  
No hay deber que infravaloremos más que el deber de ser felices. Siendo felices, vamos sembrando por el mundo anónimos beneficios, que nos son desconocidos incluso a nosotros mismos y que, cuando eclosionan, a nadie sorprenden más que al benefactor. 

Y para terminar, éste que a algunos de nosotros nos resulta tan cercano :):
Que un hombre publique al año tres o treinta artículos, que acabe o no acabe su gran pintura alegórica, son cuestiones de muy poco interés para el mundo.

En esta tarea de conseguir tener más ocio para disfrutar de las otras cosas de la vida, una parte importante es reducir la cantidad de cosas a hacer. Aquí van unas pistas. Porque, si no, corremos el riesgo de que nuestro trabajo se convierta en lo único que somos aunque, según Ryan Avent, eso no es necesariamente malo, si nuestro trabajo nos llena en todos los aspectos. Tiene razón en que hay trabajos que sí resultan agradecidos, y te permiten estar en este estado de "flujo" que decía Cziksentmihaliy, pero de ahí a dejar que tu trabajo te defina únicamente, y que no puedas hacer otras cosas...yo creo que, como él dice, ya está capturado por su propio síndrome de Estocolmo...O a lo mejor es que no puede evitarlo.