viernes, 20 de diciembre de 2019

Tras la COP25: Y ahora, ¿qué hacemos?

Aviso: en esta entrada no voy a entrar en detalles de lo logrado o no en la COP, Miguel por ejemplo ofrecía un buen resumen en el blog de Economics. Yo quiero ir un poco más allá del éxito o fracaso de la COP25, porque creo que hay vida, y mucha más de lo que pensamos, más allá de las COPs.

Y es que, un año más, las cumbres del clima nos muestran muy bien el conflicto entre las tres fuerzas que juegan en todo este proceso: las demandas de los científicos y de (parte) de la sociedad; las inercias e intereses distintos, a veces de una parte mayor de la sociedad, que hacen tan difícil avanzar; y el arte de tratar de formular declaraciones políticas que intenten reconciliar todo esto, que no es nada fácil.

Por un lado, las demandas de los científicos y de los activistas deberían llevarnos a tener más ambición en la reducción de las emisiones, y a compromisos más firmes por parte de los países. Pero los intereses de los distintos países o empresas, por supuesto no alineados entre sí, hacen que sea muy difícil responder a esta ambición. En parte, porque, aunque muchas veces nos empeñemos en no reconocerlo, el actuar contra el cambio climático tiene costes a corto plazo, mayores cuanto mayor sea la ambición. Sí, por supuesto: el no actuar también tiene costes, y mayores. Pero esto no es fácil de entender por una parte importante de la sociedad, seguramente porque tenga otras preocupaciones más urgentes y visibles encima de la mesa, y menos aún si la percepción es que estos costes los pagan los de siempre. Y claro, si es esta misma parte -- mayoritaria en ocasiones -- de la sociedad la que elige a los políticos en los sistemas democráticos, no es sorprendente que muchos de estos políticos no estén particularmente interesados en firmar acuerdos que supongan costes fácilmente percibidos por sus electores.

Este es, en mi opinión, el escollo fundamental al que se enfrenta el proceso internacional en materia climática: no la brecha entre políticos y la sociedad, que yo creo que no es tal, sino la brecha entre una parte, relativamente pequeña, de la sociedad que, apoyada en parte en los científicos (y otras veces en otras agendas ocultas o no), exige cambios urgentes; y otra que no ve aún la urgencia, sobre todo cuando se trata de rascarse el bolsillo o de perder confort o viajar menos. El hecho de que por ejemplo en las últimas elecciones españolas nadie hablara de cambio climático es muy representativo de esta situación, en mi opinión. Coincido pues con David Victor cuando dice que no se trata de mostrar liderazgo, sino de conseguir seguidores.

Se trata de conseguir que la mayor parte de la sociedad vea los beneficios de la actuación contra el cambio climático, de forma tangible y cercana, y que traslade esta prioridad a la elección de los políticos. A veces eso se podrá conseguir gracias a los co-beneficios en términos de salud o de reducción de la factura, pero esto, recordemos, ni es inmediato, ni es tampoco fácilmente perceptible por los ciudadanos. Hace falta bastante más esfuerzo de concienciación, y sobre todo, dar ejemplos concretos de cómo mejorar la vida de los ciudadanos, o de como avanzar sin estropeársela demasiado. A este respecto, me parece fundamental el análisis que está haciendo gente como Paco Heras, de la OECC, que en una fantástica charla que impartió ayer en Comillas nos mostró cómo la sociedad parece estar hipersensibilizada acerca de la importancia del cambio climático, y favorable a emprender medidas....siempre que no le cuesten mucho, y siempre que se las expliquen bien. Otra idea interesante es la que formula Mike Shur en este podcast con Ezra Klein: la gente no quiere apoyar políticas que reconozcan que lo hemos hecho mal personalmente hasta ahora.

En este sentido, el "wishful thinking" que vemos en algunos políticos no creo que ayude mucho, porque, aunque seguro que consigue apoyos porque quieren transmitir el mensaje de que todos lo hemos hecho bien y que la culpa es de otros, lo único que hará será aumentar la frustración cuando ese escenario de color de rosa tarde más de lo previsto en materializarse, o no se materialice por falta de medidas para que suceda.

Esto también se puede trasladar al contexto internacional: hay países, generalmente acomodados, que tratan de avanzar en la reducción de emisiones, y otros que, en parte con razón, dicen que para poder hacer eso necesitan apoyo económico, tanto para reducir sus emisiones como para adaptarse, porque ellos no han sido los culpables del problema. Por supuesto que hay alguno en el lado equivocado, como el gobierno estadounidense, o últimamente el brasileño...Pero, mientras no reconozcamos el problema fundamental, que es de distribución de recursos, y de actuaciones sin costes excesivos, y no pongamos los medios para solucionarlo (básicamente, apoyo y dinero) creo que el multilateralismo se quedará sólo para las declaraciones de flores y pájaros (el "creative PR" que decía Greta Thunberg), que valen para muy poco, como bien nos recuerda Nat Keohane, y naufragará en cuanto tenga que meterse con los detalles no tan bonitos, porque lograr el acuerdo de todos es muy complicado.

Ahora bien, creo que no hay que dejarse llevar por el pesimismo. Primero, porque el que el proceso multilateral no funcione tan suavemente como desearíamos no es algo que nos deba sorprender ni frustrar. Tampoco funcionan los pactos amplios en muchas de nuestras democracias en esta cuestiones. ¿Por qué esperarlo entonces de un proceso internacional aún más complejo, y más aún en estos tiempos de polarización y populismo creciente? Pero, en segundo lugar, y sobre todo, porque tenemos mucho más potencial del que nos creemos para seguir trabajando en la reducción de emisiones, muchas veces apoyados en la tecnología, y otras en el convencimiento.

Por tanto, mantengamos el optimismo. Pero, eso sí, dejémonos de declaraciones grandilocuentes, de lenguaje diplomático semivacío, de objetivos sin medidas a veces incómodas detrás. Gestionemos las expectativas. Y pongámonos a trabajar, como decía JFK. ¿En qué trabajamos?

Pues, a nivel público, en de una vez por todas pasar de los objetivos y de las palabras a la acción. Y acción significa aprobar leyes y decretos a veces incómodos, pero eficaces: medidas para reformar el sistema eléctrico de forma que los inversores en renovables se atrevan a invertir; medidas de restricción de tráfico en ciudades (acompañadas por supuesto de refuerzos de la calidad del transporte público); impuestos significativos para los vehículos más contaminantes (no sólo en términos de NOx o partículas, sino también de CO2), preferiblemente sobre la matriculación, para ayudar de verdad al cambio; incentivos para reducir el transporte de mercancías por carretera; apoyo e instrumentos financieros para la rehabilitación integral (no sólo energética) de los edificios; señales de descarbonización a la industria acompañadas de medidas para impulsar su competitividad; promoción de los sumideros; y por supuesto, apoyo para los perdedores de la transición, que los habrá. Sinceramente creo que, si se diseñan bien estas medidas, no hay muchos argumentos para oponerse a ellas desde ningún lado del espectro polítíco. Otra cosa es si se diseñan desde la demagogia y el clientelismo.

A nivel particular también podemos hacer cosas: podemos, sobre todo, tratar de abandonar la cultura consumista, y no responder a las estrategias empresariales que, incluso con excusas ambientales, nos animan a seguir comprando y comprando (como pasaba de hecho durante la COP); podemos adoptar dietas más sanas y menos perjudiciales para el planeta; podemos comprar energía renovable, pero exigiendo que sea adicional y no meramente un intercambio de cromos; los que vivimos en ciudades y por tanto lo tenemos más fácil, debemos dejar el vehículo privado y pasarnos al público (siempre que las medidas públicas ayuden a que esta opción funcione bien, claro), o a andar o a la bici; podemos climatizar de forma adecuada y no excesiva nuestras viviendas, cambiar la tecnología de iluminación, y cuando toque, comprar electrodomésticos eficientes; podemos reducir esos vuelos de ocio, y también los de trabajo...Y todo ello sin necesariamente perder bienestar.

Y, ¿si EEUU o Brasil o China no acompañan, debemos seguir haciendo esto en Europa? Pues yo creo que sí. Primero, por responsabilidad. Pero segundo, porque si lo hacemos bien, y demostramos que es posible reducir emisiones sin un coste excesivo (y sin simplemente desplazarlas a Asia, claro), y desplegamos las medidas comerciales adecuadas, podemos empujar a los demás que quieran importar a Europa a seguirnos independientemente del acuerdo o no en las futuras COPs. De nuevo, el caso de California como impulsor de las tecnologías limpias y eficientes en EEUU es una buena referencia.

En resumen, creo que, si todos hacemos nuestra parte, y esto incluye a nuestros representantes políticos, conseguiremos mucho más de lo que nos creemos, sin necesidad de seguir esperando al Godot de las COPs. ¿A qué esperamos?

ADD: En una entrada posterior, David Victor parece apoyar también este enfoque, aunque, curiosamente, recuperando una idea que ya se manejó hace más de 10 años y que se había abandonado, los acuerdos sectoriales.

3 comentarios:

Alvaro Lopez-Peña dijo...

Gracias Pedro por tu gran blog, en este año 2019 como en muchos anteriores. Referencia e inspiración diaria. Un abrazo fuerte y felices fiestas

Pedro Linares dijo...

Gracias a ti, hombre! Ya sabes que lo que hace un buen blog son sus lectores. Felices fiestas!

César Lanza dijo...

Movilidad y transporte son dos ejemplos recurrentes y preocupantes de ese wishful thinking que con razón criticas. Los planteamientos que se nos trasladan desde el Gobierno (PNIEC 2021-2010) y entidades próximas reflejan el desconocimiento de lo que se puede o debería hacer en cada caso.

Hay que consultar y negociar con los agentes sectoriales si se pretende establecer compromisos: municipios, autoridades y operadores del transporte urbano y metropolitano, logística y transporte de mercancías por carretera, gestores de infraestructura del transporte, etc.

En este contexto, me temo que lamentablemente poco se va a resolver a corto y medio plazo mediante el conocido repertorio de +renovables en generación y cambio modal en movilidad y transporte hacia el ferrocarril. Seamos realistas.